Como una cocina tranquila antes del alba.
Una mañana, mucho después, Emilia llegó con pan dulce recién hecho.
Encontró a Marisol frente al comal, inflando tortillas mientras el sol empezaba a pintar de naranja los mezquites.
—¿Y ahora qué sigue? —preguntó Emilia.
Marisol volteó apenas.
Luego puso otra tortilla sobre el fuego.
—Ahora… ya puedo respirar.
Y esta vez lo dijo sin dolor.