Efrén salió del juzgado antes de que terminara la audiencia.
Ni siquiera esperó a escuchar la resolución final.
Empujó la puerta con tanta fuerza que el vidrio vibró detrás de él y por un segundo nadie habló. Afuera, el sol de Sonora caía duro sobre la calle de tierra, y Marisol lo vio perderse entre las camionetas estacionadas sin mirar atrás.
La licenciada Teresa acomodó unos papeles.
—Con esto basta para la orden de restricción.
Pero Marisol no sintió alivio.
Sintió miedo.
Porque conocía esa clase de silencio.
El de los hombres que ya no pueden controlar a una mujer y entonces necesitan castigarla antes de perderla.
Esa noche nadie quiso dejarla sola.
Emilia se quedó en la cocina de la casa grande. Tomás revisó el corral 2 veces. Damián apagó las luces tarde y dejó un rifle apoyado junto a la puerta principal, aunque nunca dijo para qué.
El rancho estaba callado.
Demasiado callado.
Y cerca de la medianoche, los perros comenzaron a ladrar.
No fuerte.
Bajo.
Inquietos.
Damián abrió los ojos primero.
Luego escuchó el golpe.
Seco.
Metal contra madera.
Otro más.
Marisol salió del cuarto todavía descalza cuando oyó a Emilia gritar desde el pasillo: