Parte 1:
Marisol se dobló junto al comal con 3 costillas fisuradas, mientras 23 peones esperaban el desayuno y su marido sonreía afuera como si no hubiera sido él quien la había dejado sin poder respirar.
Eran las 5:10 de la mañana en el rancho El Mezquite, cerca de Álamos, Sonora. Todavía no clareaba, pero la cocina ya estaba viva: frijoles hirviendo, café de olla, tortillas inflándose sobre el comal, huevos listos para romperse y una charola de pan dulce que Marisol había sacado antes de que el dolor le mordiera el costado. Llevaba 6 meses alimentando a todos los hombres de aquel rancho y ninguno sabía que Efrén Salgado, su esposo, había vuelto borracho 3 noches antes y la había golpeado porque, según él, el café “sabía a tristeza”.
Marisol no era una mujer frágil. Era grande, fuerte, de manos hábiles y espalda ancha; podía cargar una olla de pozole sin pedir ayuda y servir 23 platos antes de que el primer peón terminara su café. Pero esa mañana no podía levantar el brazo izquierdo sin sentir que algo dentro se le abría. Aun así, siguió. Porque eso había aprendido en 2 años de matrimonio: el dolor no se discutía, se escondía.
Cuando quiso alcanzar la canasta de tortillas, el cuerpo le falló. Apoyó ambas manos sobre la mesa de madera, cerró los ojos y apretó los dientes.
En ese instante, Damián Valdez entró por la puerta trasera.
Damián era dueño del rancho desde que su padre murió. Tenía fama de hombre seco, justo y difícil de engañar. No gritaba. No hacía falta. Cuando hablaba, hasta los caballos parecían escuchar. Marisol apenas había cruzado con él unas cuantas palabras en 6 meses: “buenos días”, “sí, patrón”, “la comida está lista”. Nada más. Ella prefería ser invisible. Ser invisible la había mantenido viva.