—¡Está aquí!
Efrén había entrado por la cocina trasera con una barreta oxidada en la mano y los ojos llenos de esa calma horrible que Marisol ya conocía. No venía borracho.
Venía decidido.
—¡Te vas conmigo! —rugió al verla.
Marisol retrocedió.
Pero esta vez no se quedó quieta.
Esta vez no bajó la cabeza.
—No.
Una sola palabra.
Pequeña.
Pero Efrén se le fue encima como si esa palabra le hubiera arrancado algo del pecho.
Damián lo interceptó antes de que la alcanzara. Los dos hombres chocaron contra la mesa de mezquite. Los platos cayeron al suelo. Emilia corrió hacia la pared para sacar la escopeta vieja del abuelo Valdez, temblando tanto que casi la tira.
Efrén golpeó a Damián en la mandíbula.
Damián respondió una vez.
Solo una.
Lo suficiente para hacerlo trastabillar.
Pero Efrén agarró el cuchillo de cocina que estaba junto al comal.
Y entonces Marisol entendió algo.
Que toda su vida había esperado que alguien la salvara.
Su padre cuando era niña.
El sacerdote.
Las vecinas.
El marido cambiando.
Después Damián.
Siempre alguien más.
Y que si no hacía algo ahora, esa noche terminaría igual que las otras: ella hecha un rincón y un hombre decidiendo sobre su miedo.
Efrén avanzó con el cuchillo levantado.
Marisol tomó la olla hirviendo de frijoles del comal y se la aventó directo al pecho.
El grito fue brutal.
Efrén cayó de rodillas, soltando el cuchillo mientras el caldo le quemaba la camisa y la piel. Emilia pateó el arma lejos. Damián lo inmovilizó contra el piso justo cuando los peones entraban corriendo desde los dormitorios.
Nadie habló durante varios segundos.
Solo se escuchaba la respiración agitada de Marisol.
Y el hervor lento de los frijoles derramados sobre el suelo.