—Que hable.
—Efrén no va a permitirlo.
Damián se puso de pie.
—Entonces va a aprender que en El Mezquite hay puertas que él no abre.
Marisol quiso decir que no entendía, que los hombres como Efrén siempre encontraban la manera, que cuando se les cerraba una puerta rompían una ventana. Pero antes de hablar, vio por la ventana de la cocina a Efrén parado junto al pozo, mirándolos sin parpadear. Y en su cara no había enojo. Había una calma peor. La calma de un hombre que ya estaba preparando su venganza…
Parte 2:
Esa noche, Emilia, la hija del dueño de la tienda del pueblo, llegó al rancho con el pretexto de visitar a su hermano Julián, pero fue directo a buscar a Marisol. No hizo preguntas inútiles. La ayudó a meter 2 vestidos, una peineta y una estampa de la Virgen de Guadalupe en una bolsa de manta. Damián le mostró el cuarto del fondo, con una cama limpia, una ventana hacia los mezquites y un cerrojo grueso. Marisol cerró la puerta y, por primera vez en 2 años, durmió sin escuchar la llave de Efrén. Al día siguiente, él intentó acorralarla en la despensa. Le habló suave, que era como más miedo daba. Le dijo que volviera a la casita, que fingieran normalidad, que ninguna mujer decente dormía bajo el techo de otro hombre. Marisol, con una pieza de tasajo entre las manos, le contestó que esa normalidad ya no le servía. Efrén se acercó, y entonces Damián apareció en la puerta, sin gritar, sin tocarlo, solo estando ahí. Efrén se fue, pero esa misma tarde comenzó el verdadero golpe: en el pueblo dijo que Marisol era una adultera, que Damián la había comprado con techo y dinero, que ella inventaba golpes para quitarse de encima a un marido trabajador. Las mujeres en misa bajaron la voz al verla. La esposa del comisariado cruzó la calle. Una vieja llamada Doña Refugio, dueña de una fonda, fue la única que le apretó la mano y le dijo que el pecado no era huir del golpe, sino callarlo para que el siguiente hombre siguiera golpeando. Damián buscó a la licenciada Teresa Armenta en Hermosillo. Marisol pidió el divorcio por violencia, y Efrén respondió acusándola de abandono, robo y adulterio. La audiencia se llenó como si fuera fiesta patronal. El médico confirmó las costillas mal soldadas y moretones antiguos. Tomás declaró que había oído platos romperse y a Marisol no hacer ni un sonido, como si hubiera aprendido a sufrir sin respirar. Emilia juró que nunca vio nada impropio entre ella y Damián. Luego Efrén subió al estrado con camisa blanca y cara de santo ofendido. Dijo que jamás la había tocado, que Marisol era torpe por su tamaño, que en una cocina pasan accidentes. Entonces la licenciada sacó un recibo de cantina de la misma semana en que él decía no tener dinero para llevarla al doctor. El juez lo miró largo. Efrén, por primera vez, perdió la sonrisa. Y cuando Damián declaró que Marisol no le debía nada, ni gratitud, ni silencio, ni obediencia, porque ella se había ganado cada peso y cada plato servido, el murmullo del juzgado cambió. Marisol entendió ahí que la verdad no siempre entraba gritando; a veces entraba tranquila y dejaba a los mentirosos sin aire.
Parte 3: