Efrén levantó la mirada.
—¿Tiene algo que decirme, patrón?
—Sí. En mi rancho no trabaja hombre que se desquita con su familia.
La cara de Efrén se endureció.
—Mi mujer es asunto mío.
—Tu mujer trabaja en mi cocina. Eso ya la vuelve asunto mío.
—Usted no sabe nada.
—Sé lo suficiente para decirte esto: si quieres seguir cobrando aquí, aprendes a comportarte como hombre y no como cobarde.
Efrén empujó la silla. La madera chilló contra el piso.
—Voy al corral.
Salió sin tocar su plato. Marisol siguió sirviendo café con la cara quieta, pero por dentro algo se le movió. No esperanza. Todavía no. La esperanza era peligrosa. Era apenas una grieta en la pared donde llevaba 2 años encerrada.
Una hora después, cuando los peones se fueron, Damián volvió a la cocina.
—Siéntate.
—Tengo masa que preparar.
—La masa espera.
Marisol se sentó al borde de la silla, lista para levantarse.
Damián habló bajo:
—Necesito que me digas la verdad. ¿Efrén te rompió las costillas?
Ella miró sus manos. Las tenía rojas de lavar trastes, ásperas de leña y harina.
—Si digo que sí, ¿qué cambia?
—Lo que yo haga después.
Marisol tragó saliva.
—Sí. Fue él. Hace 3 noches. Y no fue la primera vez.
Damián cerró la mandíbula, pero no levantó la voz.
—Esta noche no vuelves a dormir en la casita del corral. Hay un cuarto en la casa grande. Tiene cerrojo por dentro.
—La gente va a hablar.