Daniela se defendió con rabia.
—Yo protegía el patrimonio de la familia.
—¿Robándole a mis hijos?
—Mariana iba a quedarse con todo si no hacíamos algo.
Doña Beatriz se sentó lentamente. Por primera vez, su voz perdió autoridad.
—¿Ustedes usaron dinero de Mateo y Regina?
Nadie respondió.
Porque sí. Habían usado el dinero de la casa, de los ahorros escolares, de las cuentas que yo cuidaba peso por peso mientras Andrés me decía que no había para vacaciones, ni dentista, ni clases de inglés.
El licenciado Montalvo llegó al hospital una hora después. Su rostro era serio.
—Señor Robles, la señora Torres tiene pruebas suficientes para solicitar compensación económica, medidas sobre bienes y responsabilidad por disposición irregular de fondos. Lo más conveniente es cooperar.
Andrés se dejó caer en una silla.
Camila lloraba en silencio. Daniela ya no gritaba. Doña Beatriz parecía envejecida diez años.
—Mis nietos… —murmuró—. Dejamos ir a mis nietos.
Nadie la consoló.
Porque no los habían perdido ese día. Los habían perdido durante meses, cada vez que humillaron a su madre, cada vez que celebraron a una amante, cada vez que llamaron “estorbo” a dos niños que solo querían una familia en paz.
Nuestro avión despegó de noche. Regina despertó cuando las luces de la ciudad se volvieron pequeñas bajo las nubes.
—Mami, ¿papá está enojado?
La abracé fuerte.
—Papá está confundido, mi amor. Pero tú no hiciste nada malo.
Mateo, que fingía dormir, abrió los ojos.
—¿Allá ya no van a gritar?
Sentí que se me partía el alma.
—No, mi niño. Allá vamos a descansar.
Llegamos a Vancouver al amanecer. Mi hermana Laura nos esperaba con chamarras, café y los ojos llenos de lágrimas. No preguntó nada frente a los niños. Solo los abrazó como si supiera que a veces salvar una familia significa cruzar medio mundo con el corazón hecho pedazos.
Las semanas siguientes, Andrés mandó correos. Primero exigió. Luego rogó. Después pidió perdón.
“Me equivoqué.”
“Déjame hablar con ellos.”