PARTE 1
—Quédate con los niños, Mariana. A mí ya me quitaron demasiados años de vida.
Andrés Robles lo dijo cinco minutos después de firmar el divorcio, sin vergüenza, sin bajar la voz, como si Mateo y Regina fueran dos maletas viejas que estorbaban en la entrada.
Yo seguía sentada frente al escritorio del licenciado Montalvo, en un despacho frío de la colonia Del Valle, mirando la firma fresca en la hoja que acababa de romper oficialmente quince años de matrimonio. Andrés, en cambio, ya estaba sonriendo frente a la pantalla de su celular.
—Ya salí, preciosa —dijo—. Sí, sí llego al ultrasonido. Hoy vamos a saber si por fin viene el varón.
El varón.
No dijo “mi bebé”. No dijo “nuestro hijo”. Dijo el varón, como si mis dos hijos no hubieran existido nunca porque no cumplían con la fantasía machista de su familia.
Su madre, doña Beatriz, suspiró con alivio desde la silla de junto.
—Dios aprieta, pero no ahorca. Al fin esta familia va a tener una alegría.
Yo sentí un ardor en el pecho, pero no lloré. Ya había llorado cuando encontré las fotos de Camila en Puerto Vallarta. Ya había llorado cuando Andrés me llamó loca por revisar estados de cuenta. Ya había llorado cuando mi suegra me dijo que una mujer decente aguanta para no perder su casa.
Pero ese día, mientras ellos celebraban mi humillación, algo dentro de mí se quedó en calma.
El licenciado intentó detenerlo.
—Señor Robles, le recomiendo revisar con cuidado la autorización migratoria de los menores y las cláusulas patrimoniales.
Andrés ni siquiera levantó la vista.
—Fírmale todo. Que se vaya con sus dramas. Yo ya voy tarde.
Doña Beatriz sonrió.
—Camila sí sabe tratar a un hombre.
Saqué de mi bolsa una carpeta azul y la puse sobre la mesa. Adentro estaban los pasaportes de Mateo y Regina, los permisos notariales y los boletos impresos.
Andrés frunció el ceño.
—¿Y eso?
—Nos vamos a Canadá esta noche.
Su sonrisa desapareció.
—¿Qué dijiste?
—Que tus hijos y yo nos vamos hoy.
—Tú no puedes hacer eso.
—Acabas de firmar que sí puedo.
El silencio fue tan fuerte que hasta la secretaria dejó de teclear afuera. Andrés miró los papeles por primera vez, pero ya era tarde. Su prisa por correr al hospital de lujo donde Camila lo esperaba había sido más grande que su inteligencia.
—No tienes dinero para irte tan lejos —murmuró él.
—Eso creías tú.
Me levanté, tomé mi abrigo y salí a la recepción. Mateo estaba abrazando su mochila de futbol. Regina tenía los ojos rojos, aunque fingía leer un cuento.
—¿Ya terminó, mami? —preguntó bajito.
—Sí, mi amor. Ya terminó.
En la banqueta, una camioneta gris nos esperaba. El chofer bajó y abrió la puerta.
—Señora Mariana Torres, el licenciado Herrera pidió que la llevara directo al aeropuerto.
Andrés salió detrás de mí, furioso.
—¿Herrera? ¿Quién demonios es ese?
Lo miré por última vez.
—El abogado que sí leyó lo que tú firmaste.
Subimos a la camioneta. Mientras avanzábamos entre el tráfico de la Ciudad de México, el chofer me entregó un sobre cerrado. Al abrirlo, vi copias de transferencias, contratos, fotografías y estados de cuenta.