Parte 1:
“¡Lárgate a tu cabaña, mamá! Esa casa vieja combina mejor con una viuda pobre como tú.”
Eso me gritó mi hija Mariana en la entrada de la casa donde viví veintiocho años con su padre, mientras los vecinos de la privada fingían no escuchar detrás de sus cortinas.
Me llamo Elena Ramírez, tengo 57 años y hasta el día en que murió mi esposo, Roberto, yo creía que mi familia era pequeña, pero fuerte. Vivíamos en Querétaro, en una casa amplia que Roberto y yo habíamos comprado cuando Mariana apenas aprendía a caminar. Yo dejé mi trabajo en una escuela particular para criarla, cuidar la casa y apoyar a Roberto cuando su negocio de materiales de construcción apenas sobrevivía.
Por eso, cuando el licenciado Salcedo nos citó para leer el testamento, yo no esperaba riqueza. Solo esperaba justicia.
Mariana llegó con lentes oscuros, bolsa cara y un perfume que llenó toda la oficina. No lloró. Ni siquiera preguntó cómo estaba yo. Se sentó a mi lado como si estuviera esperando la entrega de un premio.
El abogado abrió una carpeta azul y comenzó:
—A mi hija Mariana, le dejo la casa familiar en Jurica, las cuentas bancarias, las inversiones y la cantidad de ciento veinte millones de pesos.
Sentí que el aire se me fue del pecho.
Luego leyó:
—A mi esposa Elena, le dejo la cabaña ubicada en la sierra de Amealco, junto con todo lo que se encuentre dentro de ella.
Parpadeé varias veces. La cabaña era una propiedad vieja, casi abandonada, sin agua corriente y con techo de lámina oxidada. Roberto la había heredado de su abuelo, pero nunca quiso venderla.
—Debe haber un error —murmuré.
Mariana sonrió sin voltear a verme.
—No hay error, mamá. Papá sabía perfectamente lo que hacía.
Esa misma noche, mientras yo preparaba café en la cocina, mi hija entró con las llaves de la casa en la mano.
—Necesito que empaques tus cosas —dijo.
—¿Qué?
—La casa ya es mía. No tiene sentido que sigas aquí.
Sentí que me temblaban las piernas.
—Mariana, aquí cuidé a tu padre cuando enfermó. Aquí creciste tú. Esta también es mi casa.
Ella soltó una risa seca.
—Legalmente no. Y no quiero pleitos. Te doy cinco días.
Durante esos cinco días me trató como una intrusa. Me revisó las cajas para asegurarse de que no me llevara “cosas de valor”. Me quitó un juego de vajilla que había sido de mi madre. Me dijo que los álbumes familiares pertenecían a la casa. Cuando quise llevarme una foto de Roberto conmigo en Veracruz, me la arrancó de las manos.
El último día, mientras metía dos maletas en mi Tsuru viejo, Mariana salió al portón con un vestido negro ajustado y una expresión fría.
—No hagas drama, mamá. Papá te dejó algo. Vete a vivir allá.
—¿Allá? Esa cabaña ni siquiera tiene luz.
Entonces dijo la frase que jamás olvidaré:
—Pues vete a vivir con las gallinas, vieja mantenida. A ver si allá aprendes a valer algo.
Manejé dos horas llorando hasta llegar a la cabaña. Era peor de lo que recordaba. El viento se colaba por las tablas, el baño no servía y una parte del techo dejaba ver el cielo.
Esa noche dormí sobre una cobija en el suelo, abrazando mi bolsa como si fuera lo único que me quedaba.
Pero lo que más dolía no era la pobreza.
Era entender que la hija por la que había dado mi vida estaba feliz de verme destruida.
Y yo todavía no sabía que, bajo esas tablas podridas, Roberto me había dejado algo que Mariana jamás imaginó…
Parte 2: