—¿Ya se puede saber si es niño?
El doctor no respondió. Movió el aparato sobre el abdomen de Camila, miró la pantalla, revisó de nuevo la hoja clínica y su expresión cambió.
Camila tragó saliva.
—¿Todo está bien, doctor?
El médico apagó el sonido del monitor.
—Necesito confirmar algo. Aquí dice que el embarazo tiene aproximadamente nueve semanas.
—Sí —contestó Camila demasiado rápido—. Nueve.
El doctor la miró con seriedad.
—Las mediciones indican otra cosa.
Andrés soltó una risa tensa.
—Bueno, esas cuentas a veces fallan, ¿no?
—No de esta manera.
Camila empezó a llorar sin que nadie le hubiera dicho nada más.
El doctor respiró hondo.
—El desarrollo corresponde a un embarazo de al menos diecisiete semanas.
Andrés retiró la mano como si se hubiera quemado.
—Eso no puede ser.
Afuera, doña Beatriz se acercó a la puerta al escuchar el tono de su hijo.
—Camila —susurró Andrés—. Tú me dijiste que pasó después de Acapulco.
Ella se cubrió la cara.
—Yo tenía miedo.
—¿Miedo de qué?
—De que no dejaras a Mariana.
Andrés se puso de pie.
—Dime que ese bebé es mío.
Camila lloró más fuerte.
—No lo sé.
La puerta se abrió de golpe. Doña Beatriz entró pálida, seguida de Daniela.
—¿Cómo que no lo sabes? —gritó la madre.
Camila apenas podía respirar.
—Antes de volver con Andrés todavía veía a Iván. Yo pensé que… pensé que si decía que era de Andrés, él por fin se iba a decidir.
Daniela se llevó las manos a la cabeza.
—Nos hiciste quedar como idiotas.
Andrés dio un paso atrás, destruido, pero no por amor. Era orgullo herido. Era vergüenza. Era la caída de su fantasía del hijo perfecto.
Entonces su celular empezó a sonar. Era el licenciado Montalvo. Andrés no contestó. Llegó un mensaje.