Andrés había comprado un departamento en Santa Fe a nombre de Camila usando dinero de nuestra sociedad conyugal.
Mi celular vibró.
Mensaje del licenciado Herrera:
“Ellos ya están entrando al hospital. No contestes llamadas. Aborda el vuelo.”
Miré a mis hijos dormidos uno contra el otro. En ese mismo instante, Andrés caminaba feliz hacia la sala de ultrasonido donde creía que le esperaba su nueva vida.
Y nadie, absolutamente nadie, podía imaginar lo que se iba a romper con una sola frase del doctor…
¿Qué habrían hecho ustedes en el lugar de Mariana: avisarle antes o dejar que la verdad le explotara en la cara?
PARTE 2
El hospital privado en Santa Fe parecía más un hotel caro que una clínica. Pisos brillantes, flores frescas, sillones blancos y una recepcionista que sonreía como si todo el dolor pudiera esconderse detrás de una tarjeta platino.
A doña Beatriz le encantaba presumir ese tipo de lugares.
—Mi nieto va a nacer donde merece —dijo, acomodándose el collar de perlas—. Nada que ver con los partos corrientes de antes.
Camila estaba sentada en la sala de espera con un vestido color marfil, una mano sobre el vientre apenas abultado y la otra sujetando un ramo de rosas. Daniela, la hermana de Andrés, le tomaba fotos desde varios ángulos.
—Sonríe, cuñada —le dijo—. Hoy empieza la verdadera familia Robles.
Camila sonrió, pero sus ojos estaban nerviosos.
Andrés llegó agitado, todavía con el sobre del divorcio bajo el brazo. Besó a Camila frente a todos, como si necesitara demostrar que había valido la pena destruir su casa.
—Ya está —dijo—. Mariana se fue con su teatro. Nosotros vamos a empezar de cero.
Doña Beatriz aplaudió suavemente.
—Bendito sea Dios.
Cuando la enfermera llamó a Camila, Andrés entró con ella. Doña Beatriz intentó pasar, pero le cerraron el paso con educación.
—Solo un acompañante, señora.
La puerta se cerró.
Dentro del consultorio, el doctor Salcedo revisó el expediente y comenzó el ultrasonido. Al principio, Andrés apretó la mano de Camila emocionado.