Hay heridas que no cierran cuando alguien pide perdón.
Solo dejan de sangrar.
Esa noche le di sopa caliente y una cobija.
Durmió en el sillón viejo de la cabaña mientras afuera caía la lluvia.
Y yo me quedé despierta mirando el techo.
Pensando en Roberto.
En todo lo que había entendido demasiado tarde.
Los meses siguientes fueron lentos.
Vendí únicamente una parte de los derechos mineros. Lo suficiente para arreglar la cabaña, vivir tranquila y ayudar a algunas personas del pueblo. Nunca regresé a la casa de Jurica. Mariana tuvo que venderla casi completa para pagar deudas y demandas fiscales que ni siquiera comprendía bien cuando firmó.
Terminó trabajando en una pequeña inmobiliaria en San Juan del Río.
Al principio llegaba a verme cada semana.
Luego empezó a quedarse más tiempo.
Aprendió a cocinar.
A barrer.
A sembrar flores afuera de la casa.
Nunca volvimos a hablar de los ciento veinte millones.
Porque para entonces las dos entendíamos que eso nunca había sido la herencia verdadera.
Una tarde, casi un año después, encontré a Mariana sentada afuera mirando el atardecer sobre la sierra.
Tenía las manos manchadas de tierra.
—¿Sabes qué es lo peor? —me dijo sin verme—. Que cuando te corrí de la casa… de verdad pensé que tú eras la pobre.
No contesté.
Solo me senté a su lado.
El viento olía a pino húmedo.
A leña.
A café recién hervido.
Y por primera vez en muchísimo tiempo, el silencio entre mi hija y yo dejó de sentirse vacío.