—Me debes varias —respondió Eusebio—. Pero esta quizá sea la única que valga la pena cobrar.
Salieron por la acequia cuando la tarde comenzaba a ponerse morada sobre los tejados del pueblo.
Detrás de ellos, las voces de los soldados crecían, mezcladas con ladridos y golpes en las puertas.
Nayeli corrió hasta quedarse sin aire, pero Mateo la sostuvo cuando sus piernas amenazaron con fallar.
—No puedo más —dijo ella, avergonzada de su propio cansancio.
—Sí puedes —respondió Mateo—. Solo no mires todo el camino. Mira el siguiente paso.
Esa noche durmieron poco, escondidos entre piedras calientes que todavía guardaban el calor del día.
Mateo se despertaba con cada ruido, mientras Nayeli soñaba con su padre llamándola desde lejos.
Al amanecer, encontraron junto al camino a una anciana yaqui cargando leña sobre la espalda.
La mujer miró a Nayeli durante mucho tiempo, como si reconociera en ella algo más que un rostro.
—Tú eres hija de Tomás —dijo finalmente, en voz baja.
Nayeli abrió los ojos, sorprendida, y por un instante volvió a sentirse parte de un pueblo.
—Sí —respondió—. Él murió defendiendo nuestras tierras.
La anciana bajó la leña, se persignó a su manera y señaló una vereda entre cactus altos.
—Entonces no vayan por el camino grande. Hay hombres esperándolos cerca del puente.
Mateo agradeció la advertencia, pero la anciana no había terminado.
—En la cueva del venado encontrarán agua. Y quizá otros que todavía recuerdan a tu padre.
Siguieron sus indicaciones hasta una garganta estrecha donde el aire era más fresco.
Dentro de una cueva escondida encontraron tinajas, mantas y dos jóvenes armados con escopetas.
Los jóvenes apuntaron primero, pero bajaron las armas cuando Nayeli dijo el nombre de su padre.
Uno de ellos, llamado Isidro, explicó que Tomás había avisado a varias familias antes de morir.
Sabían que la compañía del tren planeaba expulsarlos en cuanto el juez firmara las escrituras falsas.
—Si esos papeles llegan a Hermosillo —dijo Isidro—, quizá podamos detener el despojo.
—No quizá —respondió Nayeli, con una firmeza nueva—. Vamos a detenerlo.
Mateo escuchó esa voz y comprendió que la niña asustada del granero ya estaba cambiando.
No porque hubiera perdido el miedo, sino porque había aprendido a caminar con él.
Los jóvenes ofrecieron escoltarlos hasta un paso seguro, pero Mateo rechazó llevar a demasiada gente.
—Mientras menos polvo levantemos, más posibilidades tendremos —explicó.
Antes de partir, Isidro entregó a Nayeli una cinta azul que había pertenecido a su madre.
—Tu padre la guardó aquí por si alguna vez necesitabas recordar quién eras.
Nayeli ató la cinta en su muñeca y sintió que algo roto volvía a unirse dentro de ella.
Durante dos días avanzaron por rutas difíciles, evitando pueblos, caminos principales y campamentos de trabajadores del tren.
El paisaje cambiaba lentamente: menos arena, más arbustos, colinas bajas y señales de agua cercana.
Pero Valdivia no se había rendido. Al tercer día, sus hombres aparecieron detrás de una cresta.
Venían más de diez, levantando una nube de polvo que parecía una tormenta nacida de la tierra.
Mateo y Nayeli espolearon los caballos hacia un cañón estrecho donde el terreno podía favorecerlos.
Las balas silbaron alrededor, golpeando piedras, ramas secas y el aire caliente junto a sus cabezas.
Estrella tropezó en una curva, y Nayeli casi cayó, pero logró aferrarse a la crin.
Mateo giró, disparó dos veces y obligó a los perseguidores a frenar en la entrada del cañón.
—Sigue —gritó—. No te detengas hasta ver el molino viejo.
—¡No voy a dejarlo! —respondió Nayeli, con lágrimas de rabia.
—No me estás dejando. Me estás dando una razón para alcanzarte.
Nayeli siguió adelante, odiando cada metro que la alejaba de él.
Mateo se quedó entre dos rocas, cubriendo la retirada con la paciencia fría de un hombre entrenado.
Valdivia bajó de su caballo y avanzó protegido por sus hombres, con el sombrero intacto y sonrisa torcida.
—Usted pudo seguir viviendo tranquilo, Arriaga —dijo—. Nadie le pidió convertirse en héroe.
—Los héroes salen en corridos —respondió Mateo—. Yo solo cuido mi puerta.
Valdivia levantó su pistola, pero una detonación sonó desde lo alto del cañón.
Isidro y otros yaquis aparecieron entre las rocas, disparando desde posiciones invisibles.
Los hombres de Valdivia se desordenaron, sorprendidos por una resistencia que no habían comprado ni calculado.
Mateo aprovechó la confusión, montó a Trueno y salió tras Nayeli por el sendero estrecho.
La alcanzó cerca del molino viejo, donde ella esperaba con la pistola de Eusebio en la mano.
—Le dije que no se detuviera —gruñó él, aunque su voz escondía alivio.
—Y yo le dije que no iba a dejarlo —respondió ella.
No hubo tiempo para discutir. A lo lejos, el cañón seguía escupiendo ecos de disparos.
Siguieron hasta la casa del licenciado Morales, en las afueras de Hermosillo, al caer la noche.
La vivienda era modesta, con libros visibles por las ventanas y una lámpara encendida sobre el escritorio.
Morales abrió con cautela, vestido aún con chaleco, como si esperara visitas peligrosas desde hacía días.
Cuando vio a Nayeli, su rostro perdió color.
—Dios santo —dijo—. Tomás temía que esto ocurriera.
Nayeli entregó el paquete sin hablar. Sus manos quedaron vacías por primera vez en muchos días.
Morales revisó los documentos durante horas, cada vez más pálido, cada vez más furioso.
—Esto prueba sobornos, falsificación, robo de tierras y asesinato encubierto —dijo finalmente.
—Entonces hágalo público —pidió Nayeli—. Antes de que ellos inventen otra mentira.
Morales asintió, pero explicó que necesitaban testigos, copias y protección antes de enfrentar al juez.
La verdad era fuerte, pero sola podía ser enterrada bajo decretos, amenazas y expedientes desaparecidos.
Esa misma madrugada, Morales mandó mensajes a periodistas, sacerdotes, comerciantes honestos y antiguos oficiales del gobierno estatal.
Al amanecer, la historia ya no cabía en una sola casa ni podía matarse con una bala.
Valdivia llegó a Hermosillo al mediodía, esperando capturar a una muchacha fugitiva y a un ranchero terco.
Pero encontró la plaza llena de gente leyendo hojas impresas con las pruebas del fraude.