Valdivia comprendió que tomar la casa costaría más sangre de la que esperaba perder aquella noche.
Ordenó retirarse con furia contenida, prometiendo volver con más hombres, con papeles y con autoridad comprada.
Cuando los cascos se alejaron, Mateo esperó varios minutos antes de bajar el rifle.
Después abrió la trampilla de la cocina y encontró a Nayeli arrodillada, abrazada al paquete de documentos.
—Se fueron —dijo él—. Pero regresarán antes de que el sol esté alto.
Nayeli subió en silencio. Su rostro parecía más viejo que la noche anterior, aunque seguía siendo una niña.
—Debimos irnos cuando pudo —susurró—. Ahora usted también está metido en esto.
Mateo tomó una cantimplora, dos mantas y una bolsa con carne seca de un estante.
—No, muchacha. Ahora ellos están metidos conmigo, y eso es diferente.
Salieron antes del amanecer por un sendero escondido detrás del granero, llevando dos caballos ensillados.
Mateo montó a un alazán fuerte llamado Trueno; Nayeli recibió una yegua clara llamada Estrella.
El camino hacia Hermosillo no era recto, porque los caminos rectos pertenecían a quienes podían tender emboscadas.
Tomaron veredas de arrieros, cauces secos y pasos estrechos donde los carros no podían seguirlos.
El sol salió rojo, enorme, como si el horizonte mismo hubiera sido herido durante la noche.
Nayeli miraba hacia atrás cada pocos minutos, esperando ver polvo, jinetes o la sombra de Valdivia.
Mateo no la regañó. Sabía que ciertas heridas obligaban a mirar atrás aunque el peligro estuviera adelante.
Al mediodía llegaron a un arroyo seco donde encontraron huellas frescas de caballos.
Mateo desmontó, se agachó y tocó la tierra con los dedos curtidos por años de trabajo.
—Tres hombres pasaron hace poco —dijo—. No son los mismos de anoche. Van más ligeros.
Nayeli tragó saliva. El desierto parecía lleno de enemigos invisibles, esperando detrás de cada matorral.
—¿Cómo sabe todo eso? —preguntó ella, intentando sonar valiente.
—Porque durante la guerra aprendí a leer la tierra cuando ya no podía confiar en los hombres.
Mateo no explicó más, y Nayeli entendió que algunas historias no se abrían con preguntas.
Siguieron hasta una vieja misión abandonada, donde las paredes blancas estaban rajadas por el tiempo.
Allí descansaron bajo un techo medio caído, compartiendo agua tibia y un silencio lleno de preocupación.
Nayeli sacó por primera vez los documentos del paquete y los extendió sobre una piedra plana.
Había mapas, cartas, recibos, escrituras antiguas y firmas repetidas con torpeza bajo nombres distintos.
Mateo observó los papeles con una seriedad que hizo crecer la esperanza de Nayeli.
—Tu padre no era solo valiente —dijo—. También era cuidadoso. Esto puede hundir a mucha gente.
—Por eso lo mataron —respondió ella—. Porque pensaron que matándolo moría también lo que sabía.
Mateo dobló los documentos con delicadeza, como quien guarda algo más frágil que papel.
—Tu padre se equivocó en una cosa —dijo—. La verdad no muere si alguien la carga.
Aquellas palabras acompañaron a Nayeli durante el resto del camino, más fuertes que cualquier oración aprendida.
Al caer la tarde, llegaron a San Isidro, un pueblo pequeño con calles polvorientas y perros flacos.
Mateo sabía que necesitaban provisiones, pero también sabía que los pueblos tenían ojos demasiado curiosos.
Entraron por la parte trasera, dejando los caballos en un establo viejo junto a una herrería.
El herrero, un hombre ancho llamado Eusebio, reconoció a Mateo y bajó lentamente el martillo.
—Pensé que estabas muerto o convertido en piedra —dijo Eusebio, sin sonreír.
—Casi —respondió Mateo—. Necesito agua, maíz, vendas y discreción.
Eusebio miró a Nayeli, luego miró la sangre seca en el brazo de Mateo.
No preguntó nada. En los pueblos pequeños, la prudencia a veces era una forma de bondad.
Mientras Eusebio preparaba las provisiones, una campana sonó en la plaza, llamando a reunión urgente.
Un pregonero gritaba que una muchacha indígena era buscada por asesinato y robo de documentos oficiales.
Nayeli sintió que el mundo se inclinaba bajo sus pies, como si la mentira ya hubiera ganado.
Mateo la tomó del hombro y la apartó de la ventana antes de que alguien pudiera verla.
—Escucha bien —dijo—. Cuando los poderosos mienten tan rápido, significa que todavía tienen miedo.
En la plaza, Valdivia apareció con dos soldados federales y un papel sellado por el juez del distrito.
El documento ofrecía recompensa por Nayeli y advertía castigo para cualquiera que la ayudara a escapar.
Eusebio regresó con el rostro cerrado y una pistola vieja envuelta en un trapo.
—No puedo esconderlos mucho —dijo—. Pero puedo sacarlos por el canal antes de que registren el barrio.
El herrero los condujo por un pasadizo detrás de su taller, entre herramientas, carbón y herraduras calientes.
Nayeli caminaba agachada, con el corazón golpeándole tan fuerte que temía que los soldados lo escucharan.
Al final del pasadizo había una puerta baja que daba a una acequia seca cubierta de maleza.
—Síganla hasta los álamos —indicó Eusebio—. Después crucen al sur. Nadie vigila ese lado.
Mateo estrechó su mano, y por un segundo los dos hombres compartieron una tristeza antigua.
—Te debo una —dijo Mateo.