Una vez que el avión alcanzó la altitud de crucero y las luces de la cabina se atenuaron, entré en la cocina y puse ambas manos sobre el mostrador. Mis dedos temblaron brevemente antes de que mi entrenamiento se impusiera.
“Mara… ese era tu marido, ¿verdad?”, preguntó Hannah en voz baja.
“Sí”, respondí. “Y vuela a Madrid con ella usando dinero que le ayudé a conseguir.”
Me entregó el informe de la transacción. Dos billetes en clase ejecutiva. Catorce mil dólares. Cargados a la tarjeta corporativa de nuestra empresa.
La misma empresa que ayudé a construir. La misma que avalé personalmente con mi propio crédito.
Más tarde, empujé el carrito de servicio hacia la cabina. Adrian evitó mirarme. La mujer a su lado aún mantenía la compostura.
—Disculpe —dijo con naturalidad—. Tráiganos el Krug. Estamos celebrando.
Abrí la botella de champán y la serví con cuidado.
—Felicidades —dije—. ¿Es por el aumento de la línea de crédito corporativa? ¿La que avaló personalmente su esposa?
La mujer se quedó paralizada.
—¿Qué avaló su esposa?
La expresión de Adrian se tensó.
—Mara… no hagas esto aquí.
—Tiene razón —dije con calma—. Este es mi lugar de trabajo. Disfrute del vuelo mientras pueda.
Más tarde, durante mi descanso, me conecté al wifi del avión y le envié un mensaje a un abogado. Documenté todo: su presencia, los cargos, el uso indebido de fondos de la empresa.
La respuesta llegó rápidamente.
«Mantén la calma. Reúne todo lo que puedas. Yo me encargo del resto».
En ese momento, algo se tranquilizó dentro de mí.
No era solo una esposa traicionada.
Estaba preparando pruebas.
Parte 3: