Sonrieron. “Quédense todo el tiempo que quieran. Tenemos mucho tiempo que recuperar.”
Por primera vez en meses, quizás años, sentí algo inesperado: alivio. No porque todo fuera repentinamente perfecto, sino porque ya no luchaba por sobrevivir.
Toqué el collar que casi estaba vendiendo, el que creía que pertenecía a mi abuela, el que me había traído hasta aquí.
Aquello a lo que estaba a punto de renunciar lo había cambiado todo.
Y por primera vez, no estaba buscando una salida.
Estaba al comienzo de algo nuevo.